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El mito del Ave Fénix: origen y explicación

Una de las partes más fascinantes de la Historia del Arte es el estudio simbólico de los mitos, aquellos relatos llenos de dioses y criaturas extraordinarias que pueblan las historias más antiguas de la humanidad. Y, de todos los mitos ¿Quién no conoce el del Ave Fénix, una criatura tan singular que es capaz de renacer de sus propias cenizas?

El historiador del arte G.C. Aethelman plantea en Atlántida, el reino del olvido una hipótesis sorprendente acerca del mito del Ave Fénix, por la cual expone que esta criatura realmente existió, pero de una forma mucho más plausible que la de un ave envuelta en llamas.

Orígenes del mito

El Ave Fénix, como figura mitológica, proviene del antiguo Egipto. Sabemos de su existencia gracias al historiador Heródoto, quien visitó Egipto y reflejó las impresiones de sus viajes, más o menos acertadas, por escrito.

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Nueua arte de escreuir 1631

Heródoto conoció a los sacerdotes de Heliópolis (ciudad del sol) la ciudad a la cual el Ave Fénix, o mejor dicho, el Ave Bennu, regresaba cada mil años aproximadamente para depositar sus cenizas, renacer y alzar el vuelo de vuelta a Arabia. 

El Ave Fénix ha sido representado en la literatura medieval, especialmente en los bestiarios medievales como el de Aberdeen o en el libro de Crónicas de Nuremberg de la época moderna. 

Simbología del Ave Fénix

El Ave Fénix es en realidad una gran metáfora que aúna muchos conceptos: la resurrección, el tiempo, el sol, la purificación, la resiliencia y la inmortalidad. En el mundo cristiano simboliza el mismo Cristo (el resucitado) y el misterio de la Trinidad. 

Pero, para los habitantes de Heliópolis, el Ave Fénix simbolizaba sobre todo el alma del sol, el astro rey de los egipcios que renace del Inframundo diariamente. 

El Ave Fénix también se asocia con los fenicios (phoenicius) cuya etimología proviene de la palabra phoenix (fénix) que significa “rojo”. Fenicia, el actual Líbano, fue una capital  famosa por producir túnicas de color rojo púrpura, con las que se envestían sus habitantes, de ahí el vínculo etimológico. 

Así mismo, los famosos obeliscos egipcios guardan relación con el Ave Fénix, ya que también simbolizan el sol, de la misma forma que las dos columnas que flanqueaban las entradas de los santuarios griegos aludían a la puerta que cruza el sol cuando atraviesa las Columnas de Hércules, en el oeste. Las Columnas de Hércules estaban en los confines del mundo para los griegos, esto es, en el estrecho de Gibraltar. 

La relación entre Afrodita y el Ave Fénix

 Afrodita es también llamada con el nombre de Astrea. Astrea significa “astro” y no hay más astro por excelencia que el sol.

En latín “astrum” significa estrella, así que es lógico que la diosa Astrea, Afrodita, esté vinculada con Venus, estrella de la mañana y el atardecer, su nombre romano.

Para los antiguos griegos un astro era un “espíritu o fuego del cielo” y el sol, la Cabeza del Dragón, era el astro que causaba el giro del orbe celeste y arrastraba a las luminarias.

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Venus al atardecer

Afrodita poseía un templo en Pafos, en la isla de Chipre, del cual conservamos su imagen gracias a las monedas locales. Dicho templo no solo poseía dos columnas cruzadas por un obelisco, sino que estaba coronado por el Sol y la Luna, los dos astros más importantes del firmamento. La estética de la fachada era de estilo minoico, conocido por los fenicios (phoenicius) del lugar, y poseía un par de columnas en la entrada cruzadas por un obelisco. 

El templo de Afrodita albergaba en su interior una piedra negra en forma cónica, y era adorada como una representación de la diosa. 

El argumento astronómico

Aethelman no deja de sorprendernos al recordar que el Ave Fénix volaba desde el este, Arabia, hacia el oeste, Heliópolis, para depositar sus cenizas. ¿Y qué “vuela” siempre en esta dirección? el sol y los meteoritos.

Los meteoritos siempre caen de este a oeste por la rotación de la tierra, y los que van en dirección opuesta a la rotación terrestre no resisten el impacto con la atmósfera y se desintegran en ella. Si son grandes, generan un gigantesco bólido en el cielo, una llameante bola de fuego que lo surca volando.

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Piedra BenBen de la pirámide de Amenemhat III

Para los griegos, los meteoritos eran rocas del Olimpo, la residencia divina, el Mundo Superior. Y resulta que el Templo minoico de Afrodita custodiaba en su interior una piedra muy curiosa; en efecto, un meteorito. Si a este hecho le sumamos la presencia del obelisco (sol) y las dos columnas que flanqueaban la entrada (paso al Inframundo) nos vamos dando cuenta de la cantidad de conceptos interrelacionados que nos llevan una y otra vez al mito y el simbolismo del Ave Fénix, una criatura que surca los cielos en llamas. 

De la misma forma, el culto al sol de Heliópolis consistía, en parte, en la veneración en el templo solar de una roca sagrada, la piedra Ben-ben, otro meteorito de época prehistórica. La roca, originalmente de forma cónica, fue el modelo ideal para la construcción de obeliscos y piramidiones cuyo vértice superior simboliza el lugar donde se posa el dios Amón-Ra, el sol. 

Por tanto, por parte de los egipcios, es plausible pensar que, al ver volar los meteoritos desde Arabia a causa de la rotación terrestre, dotasen de un significado simbólico al hecho científico y desarrollasen un culto elaborado y con un gran componente mitológico. 

Sara San Miguel

Historiadora del Arte, Experta en Marketing, Gestión Cultural y Blogging. Máster en Ciencias de las Religiones. Lee mis artículos →

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